BIOTECNOLOGÍA VEGETAL

Revolución CRISPR: ¿expectativa o realidad?

Desde su adaptación para la edición génica, el sistema CRISPR captó rápidamente la atención de los medios y del público, y se convirtió en una “promesa” para el mejoramiento vegetal. Los primeros informes sobre CRISPR en plantas surgieron en 2013 y generaron grandes expectativas debido a la posibilidad de introducir modificaciones específicas sin incorporar genes externos ni provocar mutaciones aleatorias. Además, al permitir la modificación sitio-dirigida de genes, se esperaba que permitiera evitar largos ciclos de cruzamiento y selección, y de esta forma, acelerar los procesos, reducir los costos y permitir que los avances biotecnológicos fueran más accesibles para los países en desarrollo.

La rápida expansión de CRISPR en plantas se evidencia por la gran cantidad de publicaciones científicas que documentan su uso. Sin embargo, hasta el momento muy pocos cultivos desarrollados con esta tecnología fueron aprobados para su comercialización. Esto demuestra que el sistema se implementó ampliamente en investigaciones pero que todavía hay obstáculos que impiden aprovecharlo plenamente en el mejoramiento de los cultivos.

Uno de los principales desafíos es la aceptación pública. La ingeniería genética sigue siendo un tema controvertido a nivel mundial, y el uso de CRISPR no es la excepción. En general, las herramientas de edición génica se perciben como una extensión de los organismos genéticamente modificados (OGMs), los cuales han sido históricamente asociados a los monocultivos y el uso de agroquímicos. Aunque la evidencia científica indica que los OGMS son seguros para la salud y el medio ambiente, si se gestionan de manera responsable y sostenible, todavía existen inquietudes relacionadas con la seguridad alimentaria, los impactos sobre la biodiversidad y el control que las grandes corporaciones podrían ejercer sobre la producción de semillas — preocupaciones que con frecuencia son amplificadas por grupos ambientalistas. Además, así como la opinión pública influye en las políticas y la legislación, las regulaciones probablemente transmiten un mensaje implícito sobre la seguridad percibida de las tecnologías de edición génica.

Al igual que la aceptación pública varía desde opiniones desfavorables hasta una apertura pragmática, las leyes que regulan los cultivos editados varían significativamente entre países. Algunos consideran que cualquier modificación genética dirigida — aunque no incluya ADN externo — es un OGM, exigiendo las mismas evaluaciones de riesgo ambiental y sanitario que los cultivos transgénicos. Estas regulaciones son tan estrictas que desalientan la adopción por parte de agricultores, empresas e investigadores debido al alto costo y la complejidad del cumplimiento. Por el contrario, otros países han adoptado enfoques más flexibles y diferenciados. Por ejemplo, Argentina fue uno de los primeros en establecer un marco regulatorio específico para las New Breeding Techniques, entre las cuales se encuentra CRISPR (2015). Según esta normativa, si la modificación es indiferenciable de una mutación que podría ocurrir de forma natural o por mejoramiento convencional, entonces no se clasifica ni está sujeto a regulaciones de OGM. Este enfoque regulatorio más flexible y “caso por caso”, ha fomentado una mayor participación de PyMEs, start-ups e instituciones públicas locales en el desarrollo de productos editados, en contraste con lo que ocurre con los OGMs, donde solo participa un pequeño número de multinacionales, debido a los altos costos de los procesos de aprobación. Sin embargo, la ausencia de un marco regulatorio global armonizado crea barreras comerciales significativas, ya que un cultivo considerado no OGM en un país puede enfrentar restricciones en otro, limitando el acceso al mercado y haciendo económicamente inviable su desarrollo comercial para empresas que apuntan a mercados globales.

La aplicación de CRISPR en el mejoramiento vegetal también enfrenta desafíos económicos. Desarrollar una nueva variedad requiere una inversión considerable de recursos. Por eso, los laboratorios del sector público suelen limitarse a usar CRISPR en estudios de función génica o en las primeras etapas del mejoramiento, ya que las restricciones de financiamiento dificultan avanzar hacia el desarrollo completo y las pruebas de campo. La transferencia de tecnología a empresas privadas puede ser una vía para avanzar estas innovaciones, pero los desarrolladores privados deben percibir un retorno claro de la inversión antes de adoptar cultivos editados genéticamente. Como resultado, muchas empresas prefieren tecnologías más establecidas, como la mutagénesis dirigida, el mejoramiento tradicional o la incorporación transgénica de rasgos específicos con aprobación regulatoria y experiencia comercial previa.

Otro factor que contribuyó a la desconfianza pública hacia la tecnología CRISPR fue su representación en medios sensacionalistas como una herramienta DIY (“do it yourself”). Sin embargo, la aplicación de CRISPR en plantas requiere una infraestructura avanzada, incluyendo instalaciones de transformación vegetal, invernáculos y equipos de alto rendimiento para caracterización molecular, lo que la hace accesible solo para laboratorios especializados. Además, la información técnica sobre CRISPR a menudo se presenta de manera demasiado simplificada (por ejemplo, cuando se habla de “tijeras moleculares”) o demasiado técnica y compleja, debido a la diversificación de aplicaciones y a la rápida evolución de la tecnología, lo que crea una barrera para una comprensión general más precisa de su alcance y seguridad.

El uso de CRISPR en el mejoramiento vegetal también enfrenta varios cuellos de botella técnicos, incluyendo la necesidad de contar o poner a punto protocolos de transformación y regeneración específicos para cada especie. La tasa de éxito también dependerá de factores biológicos de la especie, como su ciclo reproductivo, la complejidad del genoma y la eficiencia de la transformación.

Sin embargo, “el que no arriesga, no gana”. El costo de la incertidumbre es el riesgo asociado con los beneficios potenciales que pueden surgir de la innovación, y la tecnología CRISPR aplicada al mejoramiento vegetal ha demostrado ser, sin duda, una fuerza disruptiva capaz de revolucionar la mejora de cultivos. Facilitó el desarrollo de aplicaciones que antes resultaban demasiado difíciles de alcanzar, como la edición simultánea de genes homeólogos en cultivos poliploides, la mejora de rasgos complejos y poligénicos y la posibilidad de incorporar múltiples caracteres en una sola edición. Asimismo, ofrece la ventaja de superar el problema del desequilibrio de ligamiento, ya que permite modificar un alelo específico dentro de un germoplasma élite sin recurrir a cruzamientos que arrastren genes vecinos.

Ha transformado un proceso lento e impreciso en uno más rápido, eficiente y dirigido. Independientemente de los obstáculos sociales, regulatorios, económicos y técnicos, CRISPR ha demostrado su potencial como tecnología revolucionaria para el mejoramiento vegetal. De cara al futuro, una adopción más amplia de la edición basada en CRISPR puede estar impulsada por la creciente evidencia científica que respalda su seguridad y beneficios, junto con la presión derivada del cambio climático y los desafíos de seguridad alimentaria global. CRISPR se destaca no solo como un avance científico, sino también como un activo estratégico en la búsqueda del progreso tecnológico y la resiliencia del sistema alimentario. En última instancia, CRISPR no debe considerarse simplemente una promesa, sino una poderosa oportunidad para fomentar la innovación, fortalecer el liderazgo científico y mejorar la resiliencia y sostenibilidad de la agricultura a nivel mundial.

 

Este post es una adaptación del artículo ‘Beyond the Hype: CRISPR as a Strategic Opportunity for Agriculture’ (Darqui F., 2025) publicado en Modern Concepts & Developments in Agronomy